El Teatro Real no es precisamente el lugar que uno imagina cuando piensa en un concierto de rock argentino. Sin embargo, el miércoles por la noche Fito Páez consiguió que durante algo más de dos horas el escenario madrileño se sintiera como un lugar mucho más cercano, casi íntimo.
Desde que apareció sobre el escenario, el público sabía que no iba a ser una noche cualquiera. Fito llegaba a Madrid con una carrera que habla por sí sola y con un repertorio que forma parte de la vida de muchas personas. Y eso se notó desde el principio. Las primeras canciones fueron recibidas con entusiasmo y poco a poco el Teatro Real se fue llenando de voces que acompañaban al músico.
Una de las cosas que más llamó la atención fue la manera en la que Páez combinó sus propias canciones con temas de otros artistas que han formado parte de su historia musical. No quiso limitarse a repasar sus grandes éxitos. También hubo espacio para recordar a músicos como Víctor Jara, Luis Alberto Spinetta, Pablo Milanés, Atahualpa Yupanqui o Chico Buarque.
En ese sentido, el concierto terminó siendo también una especie de recorrido por la música latinoamericana. Fito iba de una canción a otra con naturalidad, demostrando que sus influencias siguen estando muy presentes y que para él la música no entiende demasiado de fronteras.
Uno de los momentos que más conectó con el público fue 11 y 6. También Tumbas de la gloria, Al lado del camino y Llueve sobre mojado hicieron que el ambiente cambiara. Eran canciones que muchos espectadores parecían estar esperando y que fueron cantadas prácticamente de principio a fin desde las butacas.
Pero más allá de los temas conocidos, hubo algo interesante durante toda la actuación: Fito no parecía estar simplemente cumpliendo con un repertorio. Se le veía disfrutar de las canciones, jugar con ellas y llevarlas a un terreno diferente. El formato del concierto, con el piano y las cuerdas teniendo un papel muy importante, permitió escuchar algunos de estos temas de una manera distinta.
También hubo momentos para mirar hacia adelante. Páez presentó canciones de su etapa más reciente y demostró que, a pesar de llevar tantos años sobre los escenarios, todavía tiene cosas que contar. Shine y El honor de los lobos convivieron con canciones que tienen varias décadas de historia sin que parecieran pertenecer a mundos diferentes.
La parte final fue probablemente la más emotiva. Después de Un vestido y un amor, Dar es dar y Mariposa tecknicolor, el concierto parecía llegar a su final lógico. Pero todavía quedaba una canción.
Fito se quedó prácticamente solo y comenzó a cantar Yo vengo a ofrecer mi corazón. Sin grandes efectos ni necesidad de llenar el escenario, la canción tomó otra dimensión. El público escuchó y acompañó. Fue un momento sencillo, pero quizás por eso mismo fue uno de los más especiales de la noche.
Porque al final, eso fue lo que dejó el concierto: la sensación de haber compartido algo con un artista que lleva muchos años poniendo música a las historias de varias generaciones.
Fito Páez consiguió llenar el Teatro Real de Madrid de canciones, pero también de recuerdos. De personas que crecieron con sus discos y de otras que quizá los descubrieron mucho después. Y durante esa noche, todas esas historias parecieron encontrarse en el mismo lugar.
Salir del Teatro Real después de escuchar Yo vengo a ofrecer mi corazón fue una de esas ocasiones en las que cuesta pensar en una canción mejor para cerrar una noche así.
Fito había llegado a Madrid para cantar sus canciones. Terminó haciendo algo más: recordar por qué algunas canciones, después de tantos años, siguen acompañándonos.




Crónica y fotos por: Tomás Joaquín Maida Aranibar

