El Movistar Arena empezó a cambiar de clima unos minutos antes de las nueve de la noche. Había esa mezcla de expectativa, conversaciones cruzadas y miradas constantes hacia el escenario que aparece justo antes de que se apaguen las luces. A las 21:00, prácticamente puntual, Jorge Drexler salió a escena y Madrid empezó a escuchar.
Para mí, además, el concierto comenzó de una manera diferente. Cámara en mano y desde el espacio destinado a prensa, pude cubrir fotográficamente los primeros minutos del show. Es una posición extraña y privilegiada al mismo tiempo: mientras miles de personas están pendientes de la música, uno intenta congelar en una fracción de segundo las luces, los movimientos, las expresiones y esos pequeños gestos que después terminan contando también la historia del concierto.
Después de las fotografías llegó el momento de guardar la cámara y mirar el escenario desde otro lugar.
Drexler llegó a Madrid presentando Taracá, su nuevo trabajo, pero el concierto rápidamente dejó claro que la noche no iba a limitarse a presentar un disco. El uruguayo construyó un recorrido entre canciones nuevas, diferentes momentos de su carrera y una puesta en escena pensada para que la música pudiera respirar.
Hubo guitarra, voces, percusión y, sobre todo, mucho ritmo. El candombe apareció como uno de los grandes protagonistas de la noche. Cuatro percusionistas fueron construyendo poco a poco esa base uruguaya hasta transformar por momentos un recinto enorme como el Movistar Arena en algo mucho más cercano. Las palmas del público terminaron entrando también en esa conversación.



Pero un concierto de Drexler difícilmente sea solamente música.
Entre canciones aparecieron historias, preguntas y reflexiones. Una de ellas atravesó buena parte del espíritu del espectáculo: qué significa ser humano en un momento en el que la tecnología —y especialmente la inteligencia artificial— parece obligarnos nuevamente a hacernos esa pregunta.
Y quizás ahí estuvo una de las claves de la noche.
Porque frente a un escenario lleno de músicos, voces y percusión, había algo profundamente humano sucediendo: personas escuchando a otras personas.
El concierto se movió constantemente entre esos extremos. Hubo momentos íntimos, con Drexler prácticamente sostenido por su voz y la guitarra, y otros mucho más expansivos, donde la banda tomó fuerza y el Movistar Arena dejó de ser un auditorio para convertirse directamente en una fiesta.
También hubo espacio para que quienes lo acompañaban sobre el escenario ganaran protagonismo. Coristas y músicos dejaron de funcionar simplemente como acompañamiento para convertirse en parte central del espectáculo, mientras Drexler se desplazaba por diferentes sectores del escenario y cedía por momentos el foco.
Esa generosidad escénica terminó definiendo buena parte del concierto.
No parecía existir demasiado interés en demostrar quién era la estrella de la noche. La propuesta iba más por compartir canciones, ritmos e historias.
Drexler incluso reconoció ante el público que aquella era la presentación más grande que había realizado hasta entonces en España. Y, aunque el tamaño del Movistar Arena podría haber llevado el concierto hacia algo más impersonal, ocurrió prácticamente lo contrario.
Hubo momentos en los que parecía que estaba cantando para una sala pequeña.
Otros en los que era imposible olvidar que había miles de personas alrededor.
Salir de un concierto después de haberlo vivido primero detrás de una cámara y después como espectador siempre deja una sensación particular. Durante los primeros minutos uno está buscando fotografías; después empieza a buscar palabras.
Y la noche de Jorge Drexler en Madrid dejó unas cuantas.
Ritmo, identidad, memoria, tecnología, humanidad.
Pero sobre todo dejó canciones.
Y durante unas horas, en medio de Madrid, quizás eso fue suficiente


Crónica y fotos por: Tomás Joaquin Maida Aranibar @tommy_jma
Gracias a Ocho Silabas y a Jorge Drexler por la acreditación.
