El viernes 18 de septiembre, a las 20:30h, la Sala 2 del Teatre L’Atlàntida de Vic se llenó para recibir a Ão, el cuarteto belga que en apenas dos discos se ha convertido en una de las propuestas más originales del panorama europeo. Se respiraba una expectación algo recogida de quienes sabían que estaban a punto de descubrir algo distinto. Y no se equivocaban.
Cómo empezó
Desde los primeros compases quedó claro que Ão no venía a ofrecer un concierto convencional. La banda —formada por Brenda Corijn a la voz, Siebe Chau a la guitarra, Jolan Decaestecker a la electrónica y Bert Peyffers a la percusión— presentaba en Vic Malandra, su segundo álbum, publicado el pasado mes de febrero como sucesor del aclamado debut Ao Mar (2023), con el que ya habían agotado entradas en salas como la Ancienne Belgique de Bruselas. Bastaron los primeros temas para notar que se trataba de músicos con años de formación y oficio a sus espaldas: cada entrada de guitarra, cada capa electrónica y cada golpe de percusión encajaban con una precisión que solo da la escuela, pero sin perder ni un ápice de instinto.
Momentos destacados
El corazón del concierto fue, sin discusión, la voz de Brenda Corijn. Una voz que parecía capaz de todo: subía y bajaba escalas con una naturalidad pasmosa, se quebraba y se recomponía. En ella convivían sin fricción sus raíces mozambiqueñas y el poso del fado portugués, y ese cruce —el mismo que define su sonido como una mezcla de electrónica, art pop, afropop, saudade y latin alternativo— se sintió en carne propia durante toda la actuación. Hubo pasajes de una fragilidad casi susurrada, con la electrónica de Decaestecker tejiendo atmósferas mínimas alrededor de la voz, y hubo también estallidos de ritmo bailable en los que la percusión de Peyffers empujaba a la sala entera hacia delante.


Interacción con el público
Aunque el grupo mantuvo un directo hipnótico, casi ensimismado en su propia búsqueda sonora —esa «cautivadora mezcla» que ya habían anunciado antes de su gira europea—, la conexión con el público fue creciendo canción a canción. La sala, entregada, pasó de la escucha casi contenida de los primeros temas a un baile colectivo en los pasajes más rítmicos, como si Corijn hubiera ido abriendo, poco a poco, las puertas de ese mundo propio al que invita en cada actuación.
Aspectos visuales
Sin grandes despliegues escenográficos, la fuerza visual del concierto residió en la propia disposición del cuarteto y en un juego de luces que acompañaba, sobrio, los cambios de intensidad: tonos cálidos y terrosos en los momentos más íntimos, virando hacia destellos más vivos cuando la música se aceleraba. Una puesta en escena que dejaba todo el protagonismo donde debía estar: en la música y en esa voz que parecía envolver la sala entera.
Cómo terminó
El concierto se cerró dejando una sensación de vendaval que acaba de pasar: la certeza de haber presenciado algo distinto a todo lo demás programado ese fin de semana en Vic. La magia africana que destilaba cada canción, esa fusión entre continentes y tradiciones, resultó tan envolvente que las trescientas personas de la Sala 2 se supieron, en cierto modo, afortunadas —y también conscientes de que una banda de este nivel merece salas mucho más grandes.
El Mercat de Música Viva, una vez más, cumplía su función esencial: descubrir al público catalán una propuesta que, de otro modo, quizá habría tardado años en llegar hasta aquí.

Fotografias Eva Costa @ evamar.live
Cronica Ramon Panosa @rp.livemusicFotografias

