La noche del 12 de diciembre de 2025 quedará inscrita con letras de fuego en la memoria musical de Zaragoza. Sobre el escenario del Auditorio de Zaragoza, Juanjo Bona —el hijo predilecto de Magallón— ofreció un recital soldout, una ceremonia en la que cada nota parecía resonar con el mismo pulso del público que abarrotaba el recinto. Las entradas se agotaron en tiempo récord el mismo día que salieron a la venta, desbordando la expectación y confirmando el vínculo indestructible entre el artista y su tierra.
Desde el momento en que Juanjo puso el primer pie bajo los focos, la sala se convirtió en un mar de emociones. La ovación inicial no fue un saludo: fue una declaración de pertenencia. Zaragoza no aplaudía a un artista de paso, sino a uno de los suyos, a quien ya había visto crecer, tropezar, levantarse y, sobre todo, cantar la música que lleva en la sangre y con la que ha crecido.
El recorrido musical: entre jota y pop, entre raíz y vértigo
Juanjo Bona construyó el concierto como un viaje. No fue un mero repaso de canciones; fue una exploración de identidad, memoria y corazón. Interpretó con entrega absoluta sus temas más queridos, desde piezas arropadas por la tradición como La Magallonera hasta composiciones que conectan con la sensibilidad contemporánea de su álbum Recardelino, como Golondrinas:
«Hoy la quiero dedicar a mi yo de niño, que cantó aquí dos jotas, bueno más de dos […] me acuerdo de la etapa de mi infancia en Magallón más bonita, menos bonita; pero creo que esta canción engloba todas esas emociones», afirmaba el artista antes de comenzar a interpretar Golondrinas.
El público, lejos de contenerse, se dejaba la voz, abrazando cada verso como si fuera parte de su propia historia. Hubo intensidad sostenida, pasión desbordada y, ante todo, un fuego latente en cada silencio entre canción y canción.



La sorpresa de la noche: A tu vera con Salma
Cuando parecía que la noche ya había ofrecido cuanto podía ofrecer, Juanjo guardó un as en la manga para sus seguidores: la aparición de Salma, su amiga y excompañera de Operación Triunfo, para interpretar juntos A tu vera. La reacción fue espontánea, emotiva, casi ritual. La manera en que Juanjo presentó a Salma —con una mezcla de orgullo, cariño y reverencia— convirtió ese instante en uno de los más íntimos y memorables de la velada:
«Ahora toca una canción muy especial para mí y para otra persona. Estoy muy emocionado de cantarla hoy aquí porque me remueve muchas cosas este escenario y ella también me las remueve y es una amiga mía que quiero y adoro. […] Quiero, Zaragoza y mundo, que recibamos con un gran aplauso a mi querida, mi hermana, mi mujer, Salma».
Las voces se entrelazaron, el público se rindió ante una versión que hablaba de afecto profundo y fidelidad al arte compartido, y la sorpresa se convirtió en una tierna ovación colectiva.
Antes de abandonar el escenario, Salma dedicó unas palabras sencillas pero cargadas de emoción:
«Juanjo, para mí, ya lo sabéis, siempre lo he dicho y siempre lo diré, es un regalo, es un hermano que me regaló ese programa que nos cambió la vida. Lo miro y todavía no puedo cantar esto sin reírme, sin aguantarme la risa; pero a la vez que me río os juro que nos invade una emoción, unos nervios […] Espero poder compartir toda la vida escenario contigo. Estoy muy contenta y muy orgullosa».


La alegoría de Mis Tías
Cuando llegó Mis tías, la emoción alcanzó su clímax. No fue solo una canción: fue un momento de epifanía sonora. En esa parte de la letra —«Y desde arriba confirmo que esta es mi casa»— Juanjo no solo lo cantó con voz, lo vivió. Desde lo alto del escenario, con los ojos brillantes y la voz firme, él confirmó lo que todo Zaragoza ya sabía: Zaragoza es su casa. Como un equilibrista que conquista alturas, Juanjo hizo de esa frase una alegoría de su regreso, de su consagración y de su raíz inquebrantable.
La audiencia respondió como si la palabra casa resonase en cada alma: con voces al unísono, con lágrimas detenidas en miradas, con el sonido de un pueblo que reconoce en Juanjo su reflejo. La letra se volvió paisaje y la escena, poema.
Las raíces más visibles que nunca
Este concierto no fue una mera parada más de gira. Fue una vuelta al origen. Fue justamente en este auditorio donde Juanjo interpretó por primera vez Mis tías, el himno que ahora corona su identidad artística y que le ha aportado reconocimiento nacional. Aquí, en Zaragoza, se inició una historia que ha crecido como un río que no deja de correr. Sus raíces —la jota, el folclore, la mirada al pueblo— se mostraron más vivas que nunca, fusionadas con una sensibilidad contemporánea que hace de su música algo pluscuamperfecto: ancestral y nuevo a la vez.
Cierre: entre aplausos y miradas eternas
Cuando las últimas notas se desvanecieron, la ovación no fue un cierre, sino una continuación del latido colectivo. Juanjo Bona no se despidió de Zaragoza: se quedó con ella, incrustado en la memoria de cada espectador que entonó sus letras, que encendió una vela o que sintió que, en esa sala Mozart, había presenciado algo más que un concierto: había vivido una noche que los acompañará siempre.
Si Moncayo es cima y símbolo, Juanjo Bona se alzó esa noche como la flor que más destaca en lo alto del Moncayo: sencilla, resiliente y espléndida en su fragancia sonora. Su carrera, aún emergente, no deja de crecer; su autenticidad, su valentía musical y su fidelidad a las raíces lo consolidan no como una promesa, sino como una voz necesaria en el panorama musical contemporáneo. Lo que comenzó como canto íntimo en Magallón ha florecido en un diálogo entre tradición y modernidad que Aragón, España entera y muchas más partes del mundo ya aplauden.





Que maravilla 😊
Gracias Vanessa por tu comentario y por seguirnos 😊
Muchas gracias por este maravilloso artículo que define perfectamente a Juanjo Bona y lo vivido en ese concierto
Gracias a ti por tu aportación y por seguirnos.