Kidd Voodoo incendia Razzmatazz: una noche donde la oscuridad también bailó

Kidd Voodoo incendia Razzmatazz: una noche donde la oscuridad también bailó

Un concierto que transformó la sala barcelonesa en un ritual colectivo entre luces rojas, graves que tiemblan y un público entregado a la liturgia voodoo.

Hay conciertos que se viven, otros que se observan… y luego están los que te atraviesan. Lo de Kidd Voodoo en Razzmatazz fue de este último tipo: una descarga directa al pecho, un ejercicio de catarsis colectiva donde el artista no solo cantó, sino que invocó algo más grande que él.

Desde el primer latido del beat, la sala se sumergió en un ambiente que parecía sacado de un club clandestino: niebla suficiente para perder la orientación, luces rojas que marcaban el ritmo como un corazón acelerado y un público impaciente, casi voraz. Kidd Voodoo apareció sin anunciarse demasiado, como si hubiese estado ahí desde siempre, agazapado entre la oscuridad.

El setlist fue una montaña rusa emocional. Sus temas más conocidos funcionaron como un imán instantáneo: la sala coreaba cada palabra como si formara parte de un manifiesto generacional. Las canciones nuevas —todavía sin convertirse en himnos oficiales— encontraron un espacio cómodo entre el público, que las recibió con la misma intensidad que a las veteranas.

Pero lo que realmente hizo especial la noche no fue el repertorio, sino la actitud. Kidd Voodoo se movía como si el escenario fuese un terreno sagrado, un límite entre lo íntimo y lo salvaje. Hubo momentos en los que su voz sonaba tan cercana que parecía un susurro al oído; otros en los que rompía con un alarido que obligaba al cuerpo entero a reaccionar.

La conexión con el público fue constante: miradas, gestos, pequeños rituales improvisados. No era un artista interpretando un concierto; era un guía llevando a la sala por un viaje compartido. Y Razzmatazz, convertido en templo temporal, respondió con saltos, gritos, teléfonos alzados y una energía que no decayó ni un segundo.

El final llegó sin aviso. Un último golpe de grave, un adiós breve, una ovación que hizo vibrar hasta las vigas del techo. Y la sensación colectiva de haber asistido a algo que no se repetirá igual dos veces.

Dar las gracias a Livenation por la acreditacion.

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