El 20 de febrero, Mikel Izal convirtió el Sant Jordi Club en escenario de balance y reafirmación ante cerca de 4.500 asistentes. La cita, integrada en su gira de despedida El Miedo y el Paraíso, no tuvo aroma de final definitivo, sino de transición consciente: un alto en el camino tras cerrar su etapa al frente de IZAL y consolidar su nueva aventura en solitario con banda renovada. Barcelona fue la antesala del cierre previsto el 28 de febrero en el Movistar Arena, broche a una etapa especialmente intensa.
Uno de los elementos diferenciales del espectáculo volvió a ser la palabra. Izal articula sus conciertos como un relato en capítulos, con reflexiones que trascienden el mero agradecimiento ritual. Habla de aprendizaje, de la necesidad de evolucionar, de convertir cada concierto en un espacio de celebración compartida. En ese recorrido hubo también memoria de los comienzos, con la recuperación de “Eco”, incluida en el EP Teletransporte (2010), recordatorio de la semilla de un proyecto que hoy supera los quince años de trayectoria.
El repertorio, cuidadosamente dosificado, evitó la acumulación inmediata de himnos para reservarlos a un tramo final de alta intensidad. Antes, el concierto transitó por un bloque central más contenido, con la banda reunida alrededor de una mesa sobre el escenario, reduciendo pulsaciones y acercando las canciones a un formato casi confesional. Ese paréntesis íntimo funcionó como contraste necesario antes de la catarsis colectiva.


Y la catarsis llegó. “Pequeña gran revolución”, “El Baile”, “Copacabana” o “La mujer de verde” fueron coreadas con entusiasmo por un Sant Jordi Club entregado, consciente de estar asistiendo a un momento simbólico dentro de la trayectoria del artista navarro. El cierre con “El Paraíso” condensó el espíritu de la gira: un viaje por distintas etapas vitales y musicales hasta alcanzar un punto de plenitud que suena más a transformación que a despedida.
La noche contó además con la participación de MERINO como grupo invitado, reforzando la conexión escénica que ambos comparten en “Cerca del Invierno”. Su presencia añadió coherencia a una velada concebida como celebración compartida y como síntesis de un camino recorrido.
Durante dos horas, Barcelona asistió a un ejercicio de revisión artística y emocional. Lejos de clausurar una historia, Izal planteó el concierto como una “Pausa”: un respiro estratégico para volver con nuevas ideas y energías renovadas. El mensaje fue claro: no se trata de un adiós, sino de un hasta pronto con vocación de futuro.
