Las luces se apagaron y el Movistar Arena explotó.
La ovación fue inmediata. No habían pasado ni unos segundos desde la aparición de Chayanne cuando miles de voces ya acompañaban cada movimiento sobre el escenario. Madrid llevaba meses esperando este reencuentro y el cartel de sold out confirmaba que no era una noche cualquiera.
Con su gira Bailemos Otra Vez, el artista puertorriqueño ofreció mucho más que un recorrido por sus grandes éxitos. Fue una celebración de una carrera que sigue vigente y de un vínculo con el público que parece fortalecerse con el paso de los años.
Tuve la oportunidad de realizar la cobertura fotográfica desde la mesa de sonido, un lugar privilegiado para entender la verdadera dimensión del espectáculo. Desde allí no solo se observa el escenario; también se ve cómo responde el público. Y anoche la respuesta fue unánime: el Movistar Arena cantó prácticamente de principio a fin.
Desde los primeros minutos quedó claro que la energía sería el hilo conductor de la noche. Chayanne recorrió el escenario sin descanso, bailó, sonrió y mantuvo una conexión permanente con un recinto completamente entregado. Resulta difícil creer que, después de más de cuatro décadas de trayectoria, conserve esa intensidad y esa capacidad para dominar el escenario como si fuera la primera gira de su carrera.


El repertorio fue un viaje directo a la memoria de varias generaciones. «Salomé», «Provócame», «Y tú te vas», «Fiesta en América» y, por supuesto, «Torero», hicieron retumbar el Movistar Arena. Cada canción era recibida con una ovación aún mayor que la anterior y miles de personas se encargaban de completar cada verso.
Pero hubo un momento en el que dejé de mirar el escenario.
Mientras buscaba nuevas fotografías, levanté la vista hacia el público. Desde la mesa de sonido la imagen era impresionante: miles de personas bailando, abrazándose y cantando con la misma emoción. Por un instante, el espectáculo dejó de estar únicamente sobre el escenario. También estaba en las gradas.
Y creo que esa fue una de las cosas que más me sorprendió de la noche.
Porque la conexión entre Chayanne y su público se sintió completamente natural. No hacía falta un gran discurso para entender el cariño mutuo. Bastaban una sonrisa, una mirada o un gesto de agradecimiento para que el Movistar Arena respondiera con otra ovación.



A todo eso se sumó una producción impecable y una banda de músicos extraordinaria. Cada arreglo, cada solo y cada transición demostraban el nivel de un espectáculo pensado al detalle. Todo sonó sólido, elegante y con una calidad que sostuvo la intensidad del concierto de principio a fin.
Como fotógrafo, uno suele concentrarse en encontrar la siguiente imagen. Sin embargo, hay noches en las que la cámara deja de ser lo más importante. Anoche me ocurrió varias veces. Porque más allá de las fotografías, lo que quedará en la memoria será la felicidad compartida entre un artista que sigue disfrutando cada minuto sobre el escenario y un público que nunca dejó de cantar.
Al terminar el concierto entendí que el verdadero éxito de Chayanne no se explica únicamente por la cantidad de éxitos que acumula.
Se explica porque, después de tantos años, sigue consiguiendo algo que muy pocos artistas logran volver al pasado y que aún se escuche como un presente.


Crónica y fotografias por: Tomas Joaquin Maida Aranibar
Gracias a Riff Producciones por la confianza.

