Nacho Vegas se reinventa en Vic: cuando un concierto se convierte en un rito colectivo

Nacho Vegas se reinventa en Vic: cuando un concierto se convierte en un rito colectivo
@ Eva Costa @evamar.live

El viernes por la noche, el Atlàntida se llenaba con una expectación distinta de la que suele acompañar a un concierto de gira. Nacho Vegas no venía a repetir el programa que lleva meses paseando por teatros y salas —el de Vidas semipreciosas, su último disco—, sino a hacer algo que solo tocaría en tres lugares del mundo: Vic, Bilbao y Puerto de Santa María. Una manera de celebrar sus 25 años sobre los escenarios que no se parecía en nada a lo que uno espera de un aniversario discográfico.

Un coro en lugar de una banda

Lo que apareció no fue una banda de rock, sino un trío desnudo —el propio Vegas, un guitarrista y un teclista— que enseguida se vio engrandecido por una cincuentena de voces: el Coral Sant Medir, sentado detrás de él como una especie de coro griego contemporáneo. La primera sorpresa fue precisamente esa: ninguna distorsión eléctrica, ninguna tormenta de ruido. Solo voz, cuerda y un coro que respiraba al unísono con las canciones. Y eso, lejos de rebajar la intensidad, la multiplicó. Cuando el coro entró en Aída —esa canción dedicada a la revolucionaria asturiana Aida de la Fuente, muerta en 1934—, el «¡Viva la revolución!» final ya no era solo una consigna cantada por un hombre solo con una guitarra: era una plaza entera gritándola. Lo mismo ocurrió en Tengo que decirte algo, que poco a poco se fue convirtiendo en una especie de western coral hasta estallar en una ovación que parecía liberar toda la tensión acumulada durante la canción.

Un autorretrato cantado en plural

El repertorio recorría casi toda su trayectoria: la melancolía de Cuando te cansarás de mí, la política explícita de El runrún, la denuncia de Song for the PAH, la ternura hacia la lengua asturiana de El carmín de la Pola… Un autorretrato, sí, pero cantado en plural. Porque si algo dejaba claro este concierto es que Vegas entiende la música como un acto compartido: él mismo lo dijo desde el escenario, dirigiéndose al público —»sin vosotros, los conciertos y la música no existirían»— en un gesto que no sonaba a frase hecha, sino a declaración de principios de alguien que lleva 25 años creyéndoselo.

Fuera de guion, dentro del rito

El punto final llegó con Noches árticas, la canción que da título a su segundo disco, ahora transformada en un canto coral casi hipnótico. Un cierre que resumía bien la experiencia entera: no habíamos ido a ver un concierto de Nacho Vegas, sino a participar en él. Al salir del teatro, la sensación era que el Mercat de Música Viva había acertado de lleno insistiendo para que Vegas rompiera el guion. Conciertos «fuera de script» como este — pensados solo para un lugar y un momento— son exactamente el tipo de riesgo que da sentido a un festival como este.

Fotografias @Eva Costa @evamar.live

Cronica Ramon Panosa @rp.livemusic

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