Hay shows que se cubren y otros que te atraviesan. Lo de Queralt Lahoz en la Sala But fue una mezcla de ambas cosas: una experiencia tan intensa que, incluso detrás de la cámara, costaba no quedarse simplemente mirando.
El concierto arrancó con un solo de batería contundente, marcando el pulso de lo que iba a ser la noche. Y entonces apareció ella. En medio de un juego de luces preciso, potente, casi cinematográfico, Queralt tomó el escenario con una presencia que no necesitó presentación. Desde ese primer momento, algo quedó claro: no era un show más.
Cubrir el concierto desde distintos puntos de la sala permitió entender la magnitud de lo que estaba pasando. La energía no estaba solo en el escenario, sino en todo el espacio. El público, completamente entregado, cantaba, bailaba y coreaba cada tema como si fuera un ritual compartido.
El recorrido por canciones como Me gusta, De la cueva a los olivos, Si la luna quiere, Línea 18 y Con poco fue construyendo una narrativa que oscilaba entre la fuerza, la raíz y la emoción. En cada tema, Queralt demostraba una capacidad escénica impresionante: dominio del cuerpo, del ritmo y de los silencios. Su expresividad, tanto en la voz como en el movimiento, generaba imágenes constantes, de esas que uno quiere capturar sabiendo que duran apenas segundos.
En medio del show, también hubo espacio para el reconocimiento. La mención a La Mala Rodríguez como una de las figuras que impulsó su camino aportó una capa más íntima a la noche, recordando que detrás de la artista hay una historia de crecimiento y lucha.
Pero si hubo un momento que terminó de encender todo, fue la aparición inesperada de Lia Kali. La reacción fue inmediata: la sala explotó. Sorpresa, gritos, emoción. A tu alrededor, incluso, se podían ver lágrimas. No era solo la aparición de una invitada, era todo lo que representaba ese cruce en vivo.





Fotos Tomas Joaquín Maida @tommy_jma
Brindo x los míos se convirtió así en uno de los puntos más altos de la noche. Un momento donde la energía colectiva alcanzó su pico máximo: el público cantando a todo pulmón, la conexión entre ambas artistas y una atmósfera que se volvió casi imposible de describir sin haber estado ahí.
Desde la fotografía, el desafío era claro: capturar no solo la estética —que fue impecable gracias al juego de luces y la puesta— sino esa intensidad constante. Queralt no para. Se mueve, siente, transmite. Y en ese movimiento está todo.
El cierre dejó una sensación difícil de bajar a tierra. Porque más allá de lo técnico o lo visual, lo que quedó fue el impacto. La confirmación de estar frente a una artista que en vivo eleva todo.
Madrid no solo fue una parada más del Favorosa Tour. Fue una noche donde la energía se volvió imagen, y donde cada disparo de cámara intentó, sin garantía, estar a la altura de lo que pasaba en el escenario.










Fotos Tomas Joaquín Maida @tommy_jma
Agradecimientos a Sonde3 y Fever Productions por la acreditación y ponerlo todo muy fácil.

