Ye convirtió el Metropolitano en una experiencia que fue mucho más que un concierto

Ye convirtió el Metropolitano en una experiencia que fue mucho más que un concierto
Tomás Joaquín Maida @tommy_jma

Hay artistas que necesitan un escenario para ofrecer un concierto. Ye necesitó transformar un estadio entero en una experiencia.

Bastaba entrar al Riyadh Air Metropolitano para entender que aquella noche no iba a parecerse a ninguna otra. Toda la pista había desaparecido. El lugar donde normalmente se amontonan miles de personas era ahora parte del escenario. En el centro del estadio descansaba una enorme esfera, silenciosa, inmóvil, dominando el espacio con una presencia difícil de ignorar.

Desde las gradas, la imagen era impactante.

No parecía un concierto.

Parecía el escenario de una película que todavía no había empezado.

Mientras el estadio terminaba de llenarse, miles de personas buscaban con la mirada una explicación para aquella escenografía. Algunos intentaban fotografiarla antes de que comenzara el espectáculo. Otros simplemente la observaban en silencio.

La respuesta llegó cuando las luces desaparecieron.

El rugido de más de 65.000 personas hizo temblar el estadio. Los teléfonos iluminaron la oscuridad como si cada asistente quisiera guardar un recuerdo incluso antes de que apareciera el protagonista de la noche.

Y entonces apareció Ye.

Sin grandes gestos.

Sin necesidad de hablar.

Fiel a ese perfil distante que lo acompaña desde hace años, dejó que fueran las canciones las que hablaran por él.

A partir de ese momento, el Metropolitano dejó de ser un estadio dividido en sectores. Durante dos horas fue una sola masa cantando, saltando y moviéndose al mismo ritmo. No importaba si estabas en la grada más alta o junto al escenario. La sensación era la misma desde cualquier rincón.

El espectáculo estaba pensado para ser visto en su totalidad.

Y eso hacía que cada canción cambiara por completo la forma en que se percibía el escenario.

La gigantesca esfera nunca fue un simple elemento decorativo. Se transformaba constantemente gracias a las luces y a los visuales, generando imágenes que envolvían todo el recinto. El humo aparecía con precisión, los fuegos artificiales rompían la oscuridad en los momentos justos y el sonido, impecable de principio a fin, terminaba de construir una experiencia donde era imposible separar la música de la puesta en escena.

Todo funcionaba como una sola pieza.

Como si el concierto hubiera sido diseñado para ser contemplado tanto como escuchado.

El repertorio recorrió distintas etapas de la carrera de Ye y el público respondió como si cada canción formara parte de una misma historia. «Power», «Stronger», «Gold Digger», «Jesus Walks» o «All Falls Down» hicieron que el estadio explotara una y otra vez. No había una sola persona quieta. Las gradas también saltaban. Las voces se imponían por momentos sobre el propio sistema de sonido.

Había algo emocionante en ver cómo canciones publicadas hace más de una década seguían provocando exactamente la misma reacción.

Pero hubo un instante donde todo pareció detenerse.

No por un efecto visual.

No por un cambio de luces.

Sino por una canción.

«Runaway».

Hay canciones que uno escucha durante años sin imaginar que algún día las va a vivir en directo.

Cuando comenzaron a sonar esos primeros acordes, sentí que el resto del espectáculo desaparecía. La inmensa esfera seguía ahí. Las luces seguían cambiando. El estadio seguía completamente lleno.

Pero mi atención estaba en otro lado.

Crecí escuchando esa canción.

La había escuchado en auriculares, en viajes, en tardes cualquiera, en momentos buenos y también en otros donde la música era la única compañía. Tenerla enfrente, después de tantos años, fue uno de esos momentos que justifican por sí solos estar en un concierto.

Miré alrededor.

Miles de personas la cantaban con la misma intensidad.

No hacía falta que Ye dijera una sola palabra.

La canción ya estaba diciendo todo.

Quizás eso fue lo más curioso de la noche.

En un momento donde muchos artistas necesitan interactuar constantemente con el público, Ye eligió el camino contrario. Apenas habló. Nunca buscó convertirse en el centro de atención más allá de su propia obra. Y, sin embargo, la conexión estuvo presente durante todo el espectáculo.

Porque la conversación nunca pasó por el micrófono.

Pasó por la música.

Cuando el concierto llegó a su final

Nadie parecía abandonar el estadio con la sensación de haber visto un recital convencional.

Las conversaciones giraban alrededor de la escenografía, de la esfera, del sonido, de las imágenes y de esa extraña sensación de haber formado parte de algo que iba mucho más allá de una sucesión de canciones.

Y quizás esa sea la mejor forma de explicar lo que ocurrió en Madrid.

No fue el concierto más cercano.

No fue el más cálido.

Ni siquiera el más hablador.

Pero sí fue uno de esos espectáculos que consiguen quedarse dando vueltas en la cabeza mucho después de que se enciendan las luces.

Porque Ye no vino al Metropolitano únicamente a interpretar un repertorio.

Vino a construir un universo.

Y durante unas horas, todos los que estuvimos allí entramos en él.

Cronica y fotos Tomás Joaquín Maida @tommy_jma

Gracias a Vibra Music Events y a Mamen Comunicacion por la oportunidad de cubrir el concierto.

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